Bestialidad N° 5: No future.

Esta Bestialidad data de antaño, diría que proviene de las clases patricias de la segunda mitad del Siglo XIX, cuando se comenzó a imponer en la Argentina que lo creativo era importar y no producir, que lo bueno sólo venía de afuera, y por sobre todas las cosas, que nada debía cambiar el estado de las cosas, que quienes eran ricos debían seguir siendo ricos, quienes eran pobres debían permanecer pobres, las reglas no debían tocarse y el reloj de la historia debía detenerse en prácticamente todo, salvo algún acontecimiento en la sociedad o algún cambio en la moda.

Esta sensación de miedo a las ideas de cambio que ya se anunciaban desde el Viejo Mundo, provocó lisa y llanamente una refracción a la idea de futuro, y un síntoma de ello quedó impreso en el lenguaje hasta nuestros días. El futuro aparecía como cambiante, inseguro, innecesario, pero como no podía detenerse el tiempo físico, desde el idioma se dejaba al futuro en suspenso, en infinitivo.

Así, el pasaje al futuro se convirtió en lo que hoy presento como la Bestialidad N° 5: No hay Futuro.

La Bestialidad: Los argentinos no pueden hablar en futuro. El tiempo Futuro quedó definitivamente desterrado del idioma, y fue reemplazado por una forma vaga y compleja del infinitivo. En Argentina nadie dice "Iré al cine", sino "Voy a ir al cine". Pero el asesinato del tiempo futuro no se restringe al verbo "Ir", aunque este verbo pasa a ser el único protagonista de esta masacre linguística. Cualquier verbo conjugado en futuro es reemplazado por el tiempo presente del verbo "Ir": No se dice "Tomaré" sino "Voy a tomar", y así los ejemplos resultan triviales y se los dejo a mis lectores.

Señalada y denunciada la Bestialidad, sería muy simple inferir que un pueblo que amputó el futuro de su lenguaje, simplemente no tiene futuro, y tal vez algo de cierto haya en esa afirmación. Por lo menos es comprobable fácilmente que a los argentinos les resulta muy difícil planificar un futuro, sea el que fuera, a nivel individual tanto como a nivel colectivo, a nivel estatal tanto como a nivel privado.

Pero como tantas otras cosas de las que carece esta sociedad, el tiempo futuro fue cercenado más que amputado; la extirpación fue decidida por pocos y quitada a la mayoría, que como vimos en las otras Bestialidades, actúa como una esponja absorbiendo cada una de ellas e incorporándola a sus estructuras de pensamiento.

Afortunadamente, hay una salida. Así como en el reino biológico, hay mecanismos bidireccionales, en el lenguaje también ocurren. Quizás sea porque en ambos la esencia es orgánica. Por ejemplo, si un complejo o idea de culpa genera contracturas y encorvamiento de la epalda y los hombros, con masajes y ejercicios físicos se puede revertir el proceso, y una mejoría en la espalda llevará a una disminución o eliminación del peso de una culpa excesiva, el mismo fenómeno puede conseguirse con el lenguaje: implantar el tiempo futuro en el habla cotidiana provocaría sin dudas una mejor relación con la concepción mental del futuro por parte de la sociedad argentina. Me atrevo a afirmar que si un gobernante dijera "gobernaré" en vez de "voy a gobernar", su gobierno sería mejor y su mandato dejaría planes y resultados a futuro para el país. Naturalmente, esta presunción vale para cualquier ámbito, individual ó colectivo.

O sea: para poder tener futuro, debemos ser capaces de nombrarlo, enunciarlo y antes que nada, conjugarlo.